sábado, 17 de diciembre de 2011

Mismo modelo, misma sustancia: 'The Artist', de Michael Hazanivicius

“[Los silencios] son tan importantes en la vida…”
Michel Hazanavicius

De las innumerables disonancias y contradicciones que existen en la relación cine-espectador, creo que una de las más acentuadas, sino la que más, es aquella del cine mudo. Una forma de hacer películas que, al tener que delegar notablemente en lo no verbal, potenciaba todos los asideros posibles para que el espectador se enganchase a lo contado con imágenes, música y unos cuantos cartelitos. En otras palabras, todos los medios expresivos eran realzados para que la narración fuese todo lo diáfana y pura que se pudiera. Nunca un modo de expresión tan consciente y claramente orientado a agradar al espectador generará tanto rechazo en este (i.e. intenta poner a alguien a ver ‘Luces de Ciudad’ o ‘El Maquinista de la General’). Sin llegar a creer que ‘The Artist’ vaya a revitalizar el cine mudo, al menos pondrá de manifiesto las cosas raras que operan en nuestras elecciones cinéfilas, sesgadas por vete a saber tú qué factores.

A bote pronto, lo más parecido que recuerdo que se haya hecho a esta película, en tanto a reconstruir todo lo rigurosamente posible un modelo antiguo, es la extraordinaria ‘El Hombre que nunca estuvo allí’ en la los Coen hacen un noir clásico paso por paso (aunque finalmente se desvíen y creen un híbrido). ‘The Artist’ es aún más cabezota en su reconstrucción. Con ecos de ‘Cantando bajo la Lluvia’ y ‘El Crepúsculo de los Dioses’, la película toma el típico rise/fall y, lo más importante, opta por un tono tragicómico, amable, inocentón y agridulce y no se despega de él. Ahí es donde la película deja de ser un homenaje al cine mudo para SER una peli muda de los años 20, aun dejando espacio para cierto juego lingüístico impropio de la época (e.g. la pesadilla de George, una de las secuencias más brillantes de los últimos tiempos). Porque en realidad Michel Hazanavicius mantiene las bromas naifs, los grandes momentos melancólicos y su aire bondadoso hasta el final, consiguiendo un resultado inusitadamente extraño: trascender al fulano sentado en un cine en diciembre de 2011 y que parezca que le esté hablando a un público pasado, más inocente e impresionable y que iba al cine de otra manera y con otras motivaciones, como si fuera un acontecimiento excepcional, mágico. Es ahí donde brota una ternura y una adhesión que ningún producto prefabricado a lo línea de montaje hollywoodiense podrá emular jamás, donde la copia deja ser copia para convertirse en legado. Y quizás, en un tiempo de 3-D, avatares, 300s y demás entrenamientos artificiales, una película como esta, una pieza artesanal de otro tiempo, es un hábil recordatorio de que contar una historia con cariño y pasión es la premisa básica para entablar un tú a tú con la platea.


Pero a pesar del buenrollismo de la propuesta, en un juego metacinematográfico impresionante y salvajemente triste, somos partícipe de la muerte de una manera de expresión (de la que la propia película es parte) hecha con enorme sentimiento por su autor pero que es pisoteada por un público que sólo quiere ver cosas nuevas y edificantes (el mismo público al que ‘The Artist’ evoca). ¿Nos estará hablando de nuestro tiempo? ¿Acabaremos sucumbiendo paulatinametne a las gafas y al 3D?

En fin. En cualquier caso, el principal y hermosísimo mensaje que emana de ‘The Artist’ es, quizás, mucho más primario y sencillo: lo atemporal que es una historia bien contada.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Cine español Cara B: 'No habrá paz para los malvados', de Enrique Urbizu.

Tristemente, se sigue asociando por defecto el cine español contemporáneo a un coto específico formado por los tags ‘Guerra Civil’, ‘Drama Familiar’, ‘Tetas’, ‘Almodóvar’ y ‘Amenábar’. Sin menospreciar ni mucho menos los dos subgéneros ahí nombrados, ni a esos dos (grandes) autores ni por supuesto las mamellas, por mucho que una verdad a medias se repita hasta la saciedad no se convierte en una verdad. Dicho procedimiento, simplificación al cubo, excluye al otro cine español, ese que toca el cine de género con convicción (desde la ciencia ficción al noir, pasando por el thriller y el terror), ese que produce obras ricas en referencias y que se nutre del propio cine (eso que hace Tarantino y que nos la pone tan dura), ese que saca adelante películas de fuerte personalidad no reñidas con la espectacularidad, dejándolas en un punto intermedio entre arte y comercialidad, al estilo de aquel Nuevo Hollywood de los 70’s. A este perfil corresponden títulos como ‘Celda 211’, ‘El Día de la Bestia’, ‘Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto’, ‘La Caja 507’, ‘Los Cronocrímenes’, ‘[REC]’, ‘Enterrado’, ‘Los Lobos de Washington’, ‘Intacto’, ‘El Método’, ‘Hormigas en la Boca’, ‘Abre los Ojos’ o ‘Tesis’ (que, aún siendo de Amenábar, pertenecen a este grupo) y lo abanderan nombres como Agustín Díaz Yanes, Manolo Barroso, Alex de la Iglesia, Nacho Vigalondo, Daniel Monzón, Rodrigo Cortés y, el que es para mí el ejemplo más representativo, Enrique Urbizu, autor de la excepcional y recién estrenada ‘No habrá paz para los malvados’, el exponente definitivo de esa cara B del cine patrio.

Por lo general, es relativamente fácil encontrar películas que cojan las convenciones de un género y las modifiquen. Es igual de sencillo encontrar ejemplos de perpetuaciones del género u homenajes. Pero es bastante más complicado darse de narices con una película que aúne ambas vertientes, que por un lado muestre respeto reverencial por la tradición y simultáneamente se mee en los automatismos y constantes genéricas. ‘Sin Perdón’ o ‘Enemigos Públicos’, por ejemplo, serían dos buenos modelos de esta práctica. ‘No habrá paz para los malvados’ está en las mismas coordenadas. Para empezar, su trama compleja, retorcida y plagada de personajes y conexiones internas es herencia directa de la serie negra americana, cuyas novelas (y posteriores adaptaciones cinematográficas) se sustentaban en tramas de una elaboración máxima. Pero, en su afán de no ser una fotocopia, esta película, en primer lugar, esquiva los diálogos largos y consigue exponer buena parte de la trama con imágenes, echando mano de las palabras sólo cuando es estrictamente necesario, haciendo así un poderoso contraste entre las dos partes que forman la película (una silenciosa como un cementerio, otra muy verbal).

Pero donde Urbizu demuestra una maestría absoluta es en cómo va sembrando a lo largo de la película unas promesas argumentales que entroncan con la imagen del héroe caído y su pasado turbio (algo, de nuevo, muy del noir americano) para, llegado el momento, hacer un alarde de contención y ahorrarse cualquier tipo de sentimentalismo o introspección psicológica extra en lo referente al protagonista (un acojonante Jose Coronado). Sé que a muchos esa particular gestión de la información no les gustará, pero para mí es una demostración de originalidad y madurez de tres pares de cojones. Ya hay doce mil millones de películas que exponen a un personaje caído y después lo redimen diciéndote que X cosa le jodió la vida y de ahí que bla bla bla… También, en una acción no exenta de cierta metaficción, ejemplifica que cada película necesita que sus personajes muevan la trama, ni más ni menos. De ahí que los secundarios estén representados de manera justa y concisa, no se malgasta un plano o una línea de más en caracterizar algo si no es vital (he ahí por qué se omiten detalles de corte sentimental: dan lo mismo, la máquina se sigue moviendo a pleno rendimiento). Esa fisionomía tan particular da como resultado una película que tiene toda la espectacularidad y ritmo de un thriller, la complejidad del cine negro y la coherencia y valor artístico propia de un autor que sabe de cine.

En fin, que para resumirlo en una frase: esta es una de las mejores películas que se han producido nunca en este país.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La pérdida, organismos unicelulares, dinosaurios, los primeros pasos y playas metafísicas: 'El Árbol de la Vida', de Terrence Malick

¿Cómo se hace una crítica de una película así? ¿Cómo se juzga algo tan inabarcable? Primero, creo yo, aceptando las (innumerables) sensaciones encontradas que deja. Esta crítica (o lo que sea que es) está plagada de contradicciones.



'El Árbol de la vida’ no es un mindfucking como lo puede ser ‘Inland Empire’; el desconcierto que crea no lo genera la ausencia de significados, sino el atropello y abarrotamiento de éstos. Me es imposible negar que, mientras veía esta película, llegué a pensar que Terrence Malick cree que su mierda huele mejor que la de los demás. Efectivamente sí, ‘El Árbol de la vida’ no es una película humilde y contenida. Todo lo contrario, es ambiciosa hasta límites insospechados. Y también pomposa y sobrecargada. Hacer una película sobre la relatividad de la vida y el génesis del universo sin caer en la megalomanía tiene que ser difícil de cojones seguro. Pero, más que por su argumento faraónico y mastodóntico, si por algo resulta intelectualmente fatigosa esta película es por una voz en off, que sí, queda de puta madre en ciertas secuencias, pero que en otras, en vez de dejar respirar a la escena (y de paso al espectador) y que el espectáculo visual quede más natural, abigarra y sobreescribe aún más el tono de la película (ya de por sí denso). De todas maneras, ese es y ha sido desde ‘La Delgada Línea Roja’ el rollo de Terrence Malick. En este mismo sentido, y ya que nombro el argumento, es de recibo alabar la independencia artística de este hombre. Me imagino a mucho autor sin el arrojo suficiente para, si le sale de los huevos, escribir un guión como éste. O, peor, metiéndolo en un cajón para que coja polvo. Porque, voz en off pegajosa aparte, donde de verdad Malick podría haber caído en el esperpento es con el propio diseño de la historia y creo que, si ésta la desnudamos, nos queda una idea base sólida: qué pequeños somos.

Y es que la película se abre con la muerte de un hijo y sus consecuencias: un dolor atroz. Un dolor, que en ese momento, nos parece de una dimensión enorme debido a la cercanía de la cámara y a la expresividad de Jessica Chastain y Brad Pitt (soberbios los dos). A continuación vemos (como nunca se ha expuesto en una pantalla de cine) la inmensidad del Universo. ¿Alguien ha visto una película que ponga en perspectiva lo insignificantemente minúsculos que somos?



Acto seguido, Malick hace una de las mayores demostraciones de puesta en escena que yo he presenciado en mi vida. Incluso alguien que no suela prestar atención a cuestiones técnicas, como la composición del plano, el montaje o la fotografía (impresionante labor de Emmanuel Lubezki), ha de darse cuenta de hasta qué punto Malick exprime los resortes cinematográficos para elaborar no una película, sino una inmersión sensorial. Esto hace que, en realidad, él no necesite en ningún momento una trama o un soporte escrito para mostrar lo que quiere: sólo importan cosas como la imagen, el sonido y la edición; la narración se articula a base de elipsis y encadenados, esa cámara inquieta escruta una infancia que parece que sea la tuya, gracias al grado de precisión con el que se ejecuta cada escena. Precisión que, además de que plástica y estilísticamente es un placer para los ojos, intenta reforzar la continuidad visual entre segmentos (e.g. se rueda igual, con un movimiento ascendente de steady cam, el techo de una iglesia que unas rocas cavernosas prehistóricas; parentescos entre planos y un largo etcétera de detalles visuales similares).

Llegamos al final (de la peli y de este comentario) y aparecemos en una playa. ¿Qué significa? Si alguien saca algo en claro, que me lo explique. Sean Penn (que tiene un cabreo considerable con Malick por acortar notablemente el metraje de su personaje) aparece a fogonazos, vuelve el ritmo sincopado pero tranquilo, parece que vaya a retornar el cosmos a escena… y aparecen unos discretos títulos de crédito.

Y ahí es donde empieza el recorrido de una película que va a perdurar de la misma manera que '2001: Una Odisea en el Espacio': con una ristra de fans sólo comparable a la de sus detractores.






viernes, 9 de septiembre de 2011

El riesgo de hacer malabarismos: 'La Piel que Habito', de Pedro Almodóvar


Almodóvar tiene unos huevos como balones medicinales. Es muy fácil meterse con 'La Piel que Habito', su última película, francamente fácil, por como bordea (y, para qué nos vamos engañar, abraza) el ridículo más absoluto. Pero coño, para un tío que intenta reinventarse, que toma ideas ajenas y las encaja en su imaginario tan íntimamente que parece que ha escrito un guión propio, que salta al vacío tomando riesgos tremendos y consiguiendo grandes momentos... yo le aplaudo (aunque, en el proceso, puede que suelte alguna risa).


'La Piel que Habito', por su propia naturaleza abigarrada y atípica, es una película amorfa y con estallidos que pueden provocar vergüenza ajena. Sin ir más lejos, hay un tramo de película, hacia el inicio, que es un de un mal gusto y estupidez que a uno le cruza la cabeza lo de "¿en qué cojones estaría pensando Almodóvar para incluír semejante aborto en su película?". Esto entronca con el personaje de Marisa Paredes. Su interpretación (histriónica y afectada), su personaje y todo lo que orbita alrededor de ella, son la negación de la naturalidad, el rigor o la coherencia, todo ello parece una imposición sobrecargada de diálogos artificiosos para dar una información extra esperpéntica, digna de un culebrón. Si hay un tic molesto en el cine de Pedro Almodóvar, para mí son esos diálogos melodramáticos tan antinaturales que brotan esporádicamente en sus películas (incluso en sus obras más conseguidas). Pero en cuanto sale de escena la jodida ama de llaves, la película comienza a despertar verdadero interés.


¿En qué puntos consigue Almodóvar probar que esta historia tan marciana puede hacerse valer? Para mí, el gran logro de esta película es narrativo. Convierte una evidentísima descompensación argumental ("¿para qué coño me está contando esto?", pensará todo el mundo), en un truco para ocultar uno de los géneros con los que la película juguetea. Jugueteo que el propio Almodóvar establece con el espectador. Primero, el director le dice "presta atención a esto". El espectador lo hace sin demasiada intensidad, ya que lo que cuenta la película es, como poco, rutinario, mientras que el manchego va construyendo la jugada maestra para dejarte con el culo torcido, siendo casi imposible anticiparse a los hechos. ¿Cuántas películas habrán empleado el desinterés como herramienta narrativa de manera tan efectiva? Y es que en vez de narrar la película como un thriller al uso, con las mismas pautas y automatismos, Almodóvar tira de honestidad y expone los hechos de manera desnuda, con su puesta en escena bien afinada, pero mostrando desde el inicio todos los elementos para que el entramado acabe sólido y férreo. La sorpresa a través de la transparencia.

Así que a nivel narrativo, tenemos una película audaz y consistente. Pero tampoco se pueden ignorar las (particularísimas) sensaciones que deja esta película. Es imposible que este pastiche de géneros intente ponerse serio o sentimental. O peor aún, que intente hacer partícipe al espectador de esa amalgama de sensaciones que pretende exponer. En otras palabras, el tono de ciertas escenas es claramente oscuro, o en otras, es pretendidamente catártico, y en ambos casos es imposible no descojonarse. Y siendo todo esto coherente con el desarrollo de la historia. He ahí esos riesgos de los que hablamos al principio y por los que esta película, sensacional como es en ciertos aspectos, derrape y se convierte en una bizarrada grotesca. Buena prueba de ello es la secuencia final. Ver para creer .

Es una obra que pende de un hilo taaaaaaaan fino, que es imposible que genere regularidad. Cuando se sostiene sobre el hilo, es un espectáculo absoluto. Pero cuando se cae, la hostia se oye desde el núcleo terrestre.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Mi problema con los Beatles

Aquí el que escribe a veces siente que, musicalmente hablando, nació en la época equivocada. Pregúntame por música actual y apenas sabré decirte un par de grupos de los que habré escuchado su discografía. No lo digo por esnobismo, sino por mera ignorancia, reduccionismo: cosas de la vida, me pone más palote explorar una época tan fructífera y prolífica como fueron los 60’s y 70’s, o las raíces del blues, del folk o del country. Qué se le va a hacer, me gustaría tener una visión más panorámica y general, pero antes que ponerme manos a la obra con las discos de los Artic Monkeys, de White Stripes o The Strokes, me pongo a requetemachacar Led Zeppelin o a oír por enésima vez a Dylan.


Por consiguiente, y siguiendo esta línea, se caería de maduro que cierto cuarteto de Liverpool pusiese los niveles de mi orgasmatrón musical en cotas estratosféricas. Pero no es así. Toda vez que he oído la discografía entera, como dios manda, Los Beatles serían a la música lo que Spielberg al cine. Son unos maestros, qué duda cabe, pero, en mi escala personal, su gusto por el almíbar y la ñoñería impiden que conecte al 100% con ellos. Siguiendo con el simil cine-música, los Rolling serían Scorsese: más sucios, más salvajes, más viscerales, más auténticos.


Mi ya mentado problema con los Beatles ha ido tal que así:



1º) Prejuicios y desconocimiento:


Amigos, si quieren hablar de manera consecuente sobre un grupo, si quieren tener una opinión bien formada y sólida, no se basen exclusivamente en los recopilatorios y Greatest hits. Eso está bien como primera toma de contacto, pero en absoluto es bagaje suficiente para criticar/alabar un grupo. Dijo un sabio que la memoria la secuestran los cursis. Eso es una verdad como un templo. Pues así funcionan las recopilaciones musicales: se escoge lo más radiado, es decir, lo más comercial, que no significa que sea lo mejor. Pongámoslo en términos prácticos: siempre te vas a encontrar el puto ‘Yellow Submarine’, ‘Help’ o ‘She loves you’… rara vez te toparás en álbumes de carácter recopilatorio con ‘I want you’, ‘Helter Skelter’, ‘A Day in the Life’ o ‘While My Guitar Gently Weeps’, canciones infinitamente superiores. Menos tópicas y relamidas, eso sí.

Al basarse en un recorrido tan corto como éste, uno corre el riesgo de decir cosas tan arriesgadas y carentes de coherencia como ‘Los Beatles están sobrevalorados’ –yo esto no sé ni cuántas veces lo dije- cuando en realidad no estás catando lo que son Los Beatles, sino por lo que son famosos los Beatles. Media un mundo entre estas dos cosas.



2º) Cara a cara con el problema:


En un intento de desembarazarme de cualquier juicio preconcebido, me dispongo a chuparme la disco de los cuatro moñas de Liverpool. Lo hice cronológicamente: craso error. Todo ese pop blando, repetitivo y ñoño está concentrado en la primera mitad de la discografía. A duras penas conseguí acabar ‘With the Beatles’, ‘Help’, ‘The Beatles for Sale’ o ‘Revolver’ (escapa a mi entendimiento que este disco esté tan jodidamente endiosado). A punto estuve de tirar la toalla. Afortunadamente, un amigo me indicó hacía qué discos tenía que orientarme.



3º) Reconciliación y germen de asunto → ‘Abbey Road’, ‘Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ y ‘White Album’:


Incluso el más receloso se tendría que rendir ante la maestría con la que están paridos estos discos. Sin renunciar a su esencia eminentemente popera, se explota el rock, el progresivo y el blues con todo el virtuosismo del mundo. Para mí, el auténtico cénit creativo de estos tíos se halla en esos trabajos de segunda mitad de los 60’s. No existe otra canción con tanto carácter como ‘I Want You’, en la que el tema se estira y estira añadiendo más instrumentos y recursos conforme avanza el minutaje. O ‘Helter Skelter’, canción rabiosa, violenta y que se sale totalmente del canon típico de los Beatles. O el tramo final de ‘A Day in the Life’, que rompe absolutamente el desarrollo de la canción… inconmensurable. En realidad, y en mi humilde opinión de profano de la técnica musical, la genialidad de estos cuatro tíos no se encuentra en las canciones pastelosas , industriales y de evidente consumo masivo con los típicos arreglos comercialoides y previsibles de sus comienzos, sino en la explosión de frescura, instrumentalizaciones riquísimas y mezcla de géneros de sus últimos trabajos. Para mí no hay color.



4º) Conclusión, contradicciones y comparaciones:


Vuelvo al comienzo, como Bill Murray una y otra vez en ‘Groundhog Day’. Los Beatles son como el puto Spielberg. Los fulanos de Liverpool son capaces de hacer una obra maestra como ‘Abbey Road’ y también son los responsables de un cagarro como ‘With the Beatles’. Spielberg es capaz de perpetrar artefactos malolientes del calibre de ‘E.T’ o ‘La Guerra de los Mundos’ y después firmar ‘Munich’ o ‘La Lista de Schindler’. Igualico.

Y por esta misma razón, siempre antepondré a los Rolling, a pesar de que no hay razón de base para compararlos por definición. Por muy cojonudos que sean los discos finales de los Beatles, NINGUNO llega el nivel de ‘Sticky Fingers’, ‘Let it Bleed’, ‘Exile on Main Street’ o ‘Black & Blue’, en el que el grueso de canciones es como morirse y entrar al cielo.

martes, 22 de diciembre de 2009

2009 Cinéfilo

Se acaba el año y hay que hacer balance. A falta de ver Where the wild things are y sin haberle echado un vistazo a Star Trek versión Abrams o a Adventureland, ha sido un año excelente. Y ya van dos seguidos de un nivel acojonante (mejor inclusive el año pasado). Es lógico, ya que difícilmente podría ser regulero el 2009 estrenando película Tarantino, Fincher, Mann, Campanella o Aronofsky. Además, los habituales (véase Pixar, Eastwood y Allen) no han decepcionado. Curiosamente, El Rubio y el enano hipocondriaco han hecho dos pelis en las que reescriben a sí mismos de manera muy curiosa. También ha sido importante para la magnífica cosecha de este año las agradables sorpresas. Desde una película española que no parece española, hasta un documental de animación israelí de nombre raro que muestra como pocos las heridas de guerra y la memoria distorsionada pasando por una cinta franchute que es el análisis más lúcido y pesimista que se ha hecho nunca sobre la educación y la docencia.
Bueno, sin más dilación, he aquí el top10 de este año. Se quedan fuera peliculones como Revolutionary Road, Gran Torino, Rocknrolla o Coraline, pero es que ante tanta película Simao (término de acuñación autóctona, dícese de algo bello, supremo, de altísima calidad) es lógico que se caiga más de una joyita.



1º) Malditos Bastardos - Quentin Tarantino

2º) La Clase - Laurent Cantet

*Probablemente esta es la cinta más realista que exista (o, al menos, que yo haya visto). No se puede ser hacer una película más fidedigna u honesta, ni tratar un material de manera más natural y experimentada. Si alguien no reconoce su instituto en esta película… una de dos, o estudió en uno de pago o se salió en los trailers. Una auténtica obra maestra.


3º) El Curioso Caso de Benjamin Button - David Fincher

*Cuanto más pienso en esta película más me reverencio ante Fincher. No sólo por lo buena que es o por cómo filtra y contextualiza lo irreal dentro de lo cotidiano; sino por lo que simboliza en la filmografía de este hombre. Un señor que hace una fábula como ésta, lírica, tierna y reparadora, pero sin pasarse con el azúcar. El mismo tío que, a lo largo de su carrera, ha mostrado un cadáver de 200 kilos reventado por dentro sobre una mesa de autopsia, el mismo tío que hizo que Edward Norton le destrozase la cara a Jared Leto con toda la saña y salvajismo del mundo; el mismo tío que hace una película de lectura tan desesperanzadora y pesimista como Zodiac. Este mismo señor es capaz de plantarte todo eso, y, después, marcarse algo tan desgarrado y sentido como la última imagen de Benjamin. Eso es de GENIO, señores, de jugón.


4º) Watchmen - Zack Snyder

5º) Up - Pete Docter y Bob Peterson

6º) The Wrestler - Darren Aronofsky

7º) El Secreto de sus Ojos - Juan José Campanella

*La mejor película argentina desde Roma representa lo que Hollywood (bueno y muchos otros sitios que coño) intenta falsear con fórmulas gastadas, buddy movies y tramas tontas: una película que mezcla comercialidad y arte, con la que te partes el culo y se te escapa una lágrima, en la que está el secundario borracho y carismático y la historia de amor prohibida y el giro de guión con el que te quedas con el culo torcido. En fin, la enésima vez que se demuestra una verdad incontestable del cine: no importa lo que se cuenta sino cómo se cuenta.


8º) Enemigos Públicos - Michael Mann

9º) Celda 211 - Daniel Monzón

*Nuevo recordatorio para toda esa gente que dice que el cine español es una mierda, que no hay nada fuera de Almodóvar y Amenábar y que no hay película española que no enseña tetas o sexo. ZAS en toda la boca. Si esta película fuese americana y tuviese unos actores solventes, sería una de las cintas del año. También es un recordatorio de que Luis Tosar es DIOS y que España está petada de actores cojonudos.


10º) Vals con Bashir - Ari Folman

*¿Una peli israelí? Si si, ahora la veo. Que es un ¿qué? ¿Un documental de dibujos animados? ¿Pero eso existe? Si uno se quita los prejuicios derivados de estas preguntas (cosa que sé que con este post obviamente no conseguirá) se encontrará con la película animada más rara, original y estimulante a nivel visual desde yo que sé. 90 minutos cerca de la hipnosis.